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09-Jul-25
Ergonomía y errores que no están en el manual: la otra cara de modernizar tu planta
Ergonomía y errores que no están en el manual: la otra cara de modernizar tu planta
  • Carolina Ullilen Marcilla
    Carolina Ullilen Marcilla,
    Especialista en Ergonomía y Factores Humanos

En el proceso de modernización de la línea de empaque, la dirección de operaciones decidió adquirir una empacadora automática de alta velocidad fabricada en Alemania. Esta decisión se basó en una proyección de incremento del 20% en la productividad, reducción de defectos de sellado y eliminación de cuellos de botella en los turnos críticos. La máquina, técnicamente robusta, fue entregada en tiempo y forma, ensamblada por personal del fabricante e instalada con el software operativo completo. Las pruebas técnicas iniciales se completaron sin observaciones.

No obstante, al pasar a operación regular con personal propio, la disponibilidad de la máquina cayó por debajo del 60%. Las causas no eran fallas técnicas: se trataba de interrupciones frecuentes por errores de configuración, reinicios no justificados, omisión de alarmas y fallas operativas menores que acumulaban tiempos de parada significativos. Inicialmente se atribuyó a falta de capacitación, pero incluso con sesiones adicionales, los errores persistieron. El problema no era de conocimiento técnico, sino de fricción entre el diseño del sistema y el entorno humano de operación.

Frente a esta situación, el equipo de ingeniería decidió reformular el análisis del caso desde la ergonomía y los factores humanos. Se partió de una revisión funcional de las tareas requeridas para operar la empacadora: arranque y verificación, supervisión continua, ajustes, cambios de formato, reposición de insumos y mantenimiento diario. La máquina exigía interacción constante, tanto visual como física y cognitiva, en un entorno de alta presión operativa. La mayoría de los operadores tenían experiencia previa con equipos menos automatizados, lo que intensificaba la brecha.

En el plano físico, se detectaron múltiples incompatibilidades. El panel de control estaba a una altura no adecuada para la estatura promedio del operador local, forzando posturas incómodas. El cambio de rollo de film implicaba manipular cargas de más de 25 kg a la altura del pecho sin ayuda mecánica. Las cuchillas de corte estaban en un compartimiento estrecho, con acceso que obligaba a torsión y extensión del tronco. Esto generaba fatiga, reducía la precisión operativa y aumentaba el riesgo de lesiones, afectando directamente el desempeño y la confiabilidad operativa.

Desde lo cognitivo, los problemas eran igual de relevantes. La interfaz del HMI mostraba parámetros técnicos agrupados sin lógica funcional clara. Las alarmas no estaban jerarquizadas: todos los eventos sonaban igual y no contaban con mensajes explicativos. Ante una señal, el operador debía recordar códigos, interpretar consecuencias y decidir si detener o continuar, generando estrés y decisiones erráticas. El sistema de ajuste de formato, por su parte, exigía una secuencia exacta de pasos. Cualquier omisión implicaba reiniciar todo el proceso. Los manuales estaban en digital, en lenguaje técnico, y eran de difícil acceso en piso.

 

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Estas condiciones generaron respuestas adaptativas de parte del personal. Se detectaron prácticas como anulación temporal de sensores para evitar paradas, modificación de parámetros sin registro y omisión de ciertos pasos para acelerar la operación. Aunque técnicamente el sistema no fue alterado, sí fue reinterpretado bajo la lógica informal y adaptativa propia del entorno humano local. La tensión entre la lógica técnica rígida y el modelo mental de los operadores se convirtió en una fuente estructural de fallas operativas.

También surgió un componente simbólico relevante. La máquina era percibida como una “caja negra alemana”, compleja, poco confiable y difícil de dominar. Ningún operador había participado en la instalación ni configuración. El entrenamiento fue impartido por técnicos del proveedor, con un enfoque técnico centrado en la máquina, sin considerar la interacción operativa real. Esto produjo una actitud defensiva: minimizar el uso de funcionalidades avanzadas, evitar intervenciones profundas y operar “con miedo” a equivocarse.

Las consecuencias fueron directas: el tiempo promedio de arranque se duplicó, el rechazo de producto por errores de sellado aumentó, y los mantenimientos correctivos, derivados de errores operativos, concentraron el 80% del tiempo de parada en el primer trimestre. Los costos asociados a reprocesos, asistencia externa y baja disponibilidad superaron en más de un 30% el presupuesto operativo estimado para la primera etapa.

El diagnóstico fue claro: no había una falla técnica de diseño, sino una inadecuación entre el sistema tecnológico y el contexto humano de uso. Se decidió entonces iniciar una serie de ajustes enfocados en adecuar la tecnología al entorno real de operación, sin modificar su núcleo técnico.

Primero se rediseñó la interfaz de usuario. Se agruparon parámetros por función, se incorporaron íconos visuales validados por los operadores y se simplificaron los mensajes de error. Se documentaron las secuencias operativas como recetas funcionales impresas, visibles y accesibles en línea de producción.

En paralelo, se modificaron elementos físicos del equipo: se instaló un brazo articulado para mover el HMI, se incorporaron rodillos asistidos para cargar los rollos de film, y se creó una plataforma móvil para facilitar el acceso a zonas de limpieza. Estas modificaciones representaron menos del 2% del valor del equipo, pero redujeron la carga física y el tiempo de intervención de forma significativa.

Se abordó además el componente cultural. Se organizó una jornada de apropiación, donde los operadores pudieron nombrar a la máquina, proponer mejoras y asumir un rol activo en su uso. Se establecieron reuniones semanales entre operadores, supervisores y mantenimiento para revisar el desempeño de forma colaborativa. Esto redujo la ansiedad y mejoró el compromiso operativo.

Los resultados fueron evidentes a los tres meses: la disponibilidad superó el 85%, los errores se redujeron a la mitad, y el tiempo de cambio de formato bajó en 40%. El personal empezó a utilizar funciones avanzadas y a proponer nuevas mejoras operativas. Se consolidó un núcleo de técnicos internos con dominio funcional del equipo.

Como parte del aprendizaje organizacional, se adoptó una nueva práctica: enviar personal clave a las plantas del fabricante en Alemania antes de confirmar futuras adquisiciones. Esta iniciativa busca validar la viabilidad operativa en origen, identificar puntos críticos desde el uso real y fomentar la apropiación temprana del equipo. Los técnicos que participaron regresaron con mejor comprensión de la lógica de la tecnología y se convirtieron en referentes internos para la implementación local.

Este caso demostró que la transferencia de tecnología no es un simple traslado físico. El éxito de una inversión industrial compleja requiere alinear los supuestos técnicos con la realidad humana del uso. La ingeniería de factores humanos debe integrarse desde el inicio, no como complemento sino como requisito. Ignorarla implica riesgos financieros, operativos y culturales.

Como recomendación estructural, se formalizó la incorporación de auditorías funcionales y ergonómicas previas a la adquisición de maquinaria. Estas deben incluir simulaciones, validación de tareas críticas, entrevistas con operadores, pruebas de acceso y revisión simbólica del diseño. Además, el personal que operará los equipos debe participar desde la etapa de selección técnica hasta la instalación, asegurando alineación funcional y sentido de pertenencia.

En resumen, una máquina industrial es más que una inversión en hardware: es una interfaz entre lógica técnica y comportamiento humano. Su éxito depende de que ambos extremos se adapten. Incorporar la ergonomía como criterio técnico mejora el retorno, reduce errores y sostiene el desempeño en el tiempo. En plantas con operación continua, alta presión productiva y personal con experiencia práctica, pensar en las personas no es un extra, es una estrategia clave para que la tecnología funcione como fue pensada.

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