
Blog

-
Carolina Ullilen Marcilla,Especialista en Ergonomía y Factores Humanos
Todo sistema, como todo organismo vivo, tiene una vida útil. El desgaste es inherente a su funcionamiento. Sin embargo, algunos sistemas y personas se deterioran más rápido, especialmente aquellos que operan bajo condiciones extremas: turnos de 12 horas frente a múltiples pantallas, ambientes de alta presión y toma de decisiones críticas sin margen de error.
En nuestra experiencia ejecutando proyectos en sectores altamente regulados y críticos —energía, aviación, petroquímica, defensa — hemos notado una constante: muchas salas de control siguen diseñadas como extensiones de la máquina, no como interfaces seguras y adaptativas para el operador humano. Paradójicamente, en entornos donde una mínima desviación puede desencadenar consecuencias catastróficas, el diseño sigue fallando en su principio más básico: servir a las personas que lo operan.
El humano falla, pero es el sistema el que se equivoca primero
Estudios sistemáticos en ingeniería de factores humanos han demostrado que más del 60% de los errores en operaciones industriales están vinculados a fallos inducidos por un diseño inadecuado del entorno laboral (Dekker, 2011). Son errores previsibles, nacidos de sistemas que exigen precisión sin ofrecer apoyo, que castigan el error en lugar de prevenirlo. Espacios sobrecargados de información, flujos fragmentados, ergonomía deficiente y ambientes que agotan más que sostienen.

El agotamiento no es una anomalía individual, sino un síntoma estructural. No es el operador quien falla, sino el sistema que lo sobrecarga. Esta perspectiva no es nueva. Desde la década de 1950, pioneros como Alphonse Chapanis y Donald Norman advirtieron que los errores atribuibles al "factor humano" eran en realidad consecuencia de diseños desalineados con la naturaleza humana.
Cuando la eficiencia mata el diseño, el sistema se vuelve errático
Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos repitiendo los mismos patrones. La automatización despersonalizada ha desplazado al liderazgo empático. La obsesión por la eficiencia ha ahogado la creatividad. En entornos donde una alarma mal jerarquizada puede costar millones de dólares —o incluso vidas humanas—, aún persisten interfaces obsoletas, iluminación inadecuada, estaciones que no respetan la diversidad antropométrica y climas laborales que erosionan la salud mental.

En el sur del Perú, en una planta de generación termoeléctrica que abastece a más de 500,000 personas. Durante una noche de supervisión, un operador con 10 horas continuas de actividad no detecta una desviación térmica en uno de los generadores secundarios. La alerta, presentada en una interfaz con codificación de colores poco contrastante y sin jerarquización auditiva, se pierde entre múltiples notificaciones menores.
El operador, fatigado y sin respaldo ergonómico adecuado, interpreta erróneamente el evento como una falla menor. El resultado: una detención no programada que genera una pérdida estimada de 1.2 millones de dólares en daños y penalidades por corte de suministro, además de comprometer la estabilidad energética de tres provincias. La investigación posterior revela que el diseño de la sala no había sido actualizado desde 2007, que no existían protocolos de pausas activas, y que los sistemas de visualización no cumplían con los principios de la norma ISO 11064 sobre diseño ergonómico de salas de control.
Frente a esta realidad, no podemos seguir esperando. El diseño debe dejar de centrarse en la máquina para comenzar a centrarse radicalmente en el ser humano. Esto implica repensar todo: desde la arquitectura física de las salas de control hasta los modelos de turnos, los sistemas de información, las dinámicas de supervisión y el clima organizacional.
Implica, sobre todo, una transformación cultural: volver a colocar a las personas en el centro del sistema antes de que el sistema nos desconecte por completo.
Diseñar con Ergonomía es la primera y única línea de defensa
La norma es una linterna: puede guiar en la oscuridad, pero no reemplaza la claridad integral del diseño centrado en el ser humano. Cumplir con estándares mínimos no garantiza ni la excelencia operacional ni el bienestar de quienes operan en contextos de alta criticidad. Si aspiramos a organizaciones verdaderamente sostenibles, debemos trascender el cumplimiento normativo y diseñar desde la empatía, la evidencia y la dignidad humana.
No se trata únicamente de prevenir errores: se trata de valorar, proteger y potenciar a quienes sostienen los sistemas más complejos e indispensables del mundo contemporáneo. En entornos donde el rendimiento humano es determinante, la ergonomía no es un accesorio, sino un principio estructural de la seguridad y el rendimiento.

